lunes, 3 de abril de 2017



LA PRIMAVERA



Aviso para los que no quieren escuchar sobre flores y colores pasteles o pasteladas varias de perfumes dulces, que no, que no van a tener que sufrir mucho en estas líneas que aquí empiezan.

Las flores de este año no son las mismas que las del año pasado. Son nuevas. Nuevas sus hojas y sus tallos, nuevos sus pétalos y la forma que tienen al mecerlas el viento; con ellas brotan los atardeceres de pasadas las nueve de la noche y cambia la forma de proyectarse la luz que veo desde la terraza, tan limpia.

Hasta la arena de la playa es nueva, la lluvia la ha traído y la ha llevado y la ha dejado como tenía que estar para empezar el ciclo. Ya el otro día olían las calles a jazmines y a damas de noche, a todas las noches que empiezan con la rebeca puesta y el pelo suelto, con el atrevimiento de las medias transparentes y el esmalte de uñas más clarito. La ropa se siente nueva aunque la acabes de sacar del baúl, y solo quieres esconderte en un agujero negro cuando ves lo blanquísima que estás y lo mal que te parece que te queda todo; el gimnasio sin empezar y te pilla el toro y encima han sacado donuts de la pantera rosa. Qué desastre. Qué genial.

Como siempre digo, parece que ayer era Navidad y ya hay humo de incienso, el asfalto espera que le caiga la cera y nosotros nos quejaremos del ruido que hace al pisarla. Pero ya es tiempo de chiringuitos y eso es lo que cuenta, las barcas dormidas esperan ansiosas el fuego de los espetos y el bullicio que nace de una buena sangría. Los vestidos de flores, las bermudas blancas, las niñas con la media melena lista para los domingos de sol y columpios; los ruegos a las estrellas para que no llueva el Jueves Santo, los refranes de las abuelas y su sabiduría tan grande, unas torrijas bien hechas y no tener lo que tienes que tener para saber si pega ponerte botines o sandalias. Qué pesadilla. Nadie acierta.

La buena compañía parece que sabe mejor, tener ganas de planes a todas horas y no saber lo que inventar para estar en la calle. Porque aquí, por lo menos, es el momento de los paseos, de dejar la prisa para cuando haya que tenerla, detener una tarde cualquiera y disfrutar de ese rayito cálido que te va aclarando el pelo, preludio veraniego; pero no tengamos prisa. La primavera con sus locuras, con su cambio de hora, con su claridad y su nube gris, con su liviandad de ir sin abrigo y siendo la portada principal de todas las ferias, es maravillosa. Como las risas que empiezan otra vez en las terrazas, los cafés en la plaza y los patines por el paseo. Qué gloria. Qué suerte.

El equinoccio de marzo trastoca todo o, en otras palabras, la primavera la sangre altera, que viene a ser lo mismo pero menos pedante. - A mí lo que me altera es tener que trabajar en los días buenos y ver a la gente tomar cañas desde lejos, la  verdad.-  Los pueblos del sur se visten de lunares, de peinetas, de patios, de cruces y de sopa campera con pañuelo de cuadros; nos vestimos con esos soles estivales que dan luz a momentos y a sitios que luego serán recuerdos, disfrutamos de la sensación nueva de mojarnos los pies en la orilla...parecía que hacía siglos que no lo sentías. Ya salen los veleros de los pantalanes de los puertos, es tiempo de blancos y azules. Qué ganas. 

La primavera es madre, porque de ella nacen los nuevos brillos del año, el de la sal del mar, el del sol en la arena, el de los iris, el del pelo; los colores de los campos, las fresas de temporada, el dulzor de los helados y el aroma de la alegría. A veces llueve, pero no pasa nada, siguen vendiendo botes de nata al lado de esas fresas y sonríes porque no te has puesto las sandalias. Acertaste. Esta vez sí.

Me van a permitir ustedes, además, que remarque un gran acontecimiento que lleva consigo el cambio de temporada: los caracoles de Cádiz al poleo.

Sin prisa señores, ya llegará el verano, hagamos historias para contarnos entonces.


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