martes, 6 de junio de 2017

NO LO DOY.




¿Cuántas veces nos han enseñado que tenemos que compartir con los demás? 
-Niña, dale gusanitos al nene, ofrece antes de empezar a comer. 
Toda la tarde pensando en el paquete de Rufinos para tener que repartirlo con los dos tontos de turno que jugaban contigo un día en el parque y no los volvías a ver en tu vida.
 Eso pensabais, no seamos hipócritas.

Ir a un restaurante que te encanta y que te digan, "¿Pedimos para compartir y así probamos más cosas?"...asientes sonriendo mientras piensas cómo harías que pareciese un suicidio y así poder comerte el puñetero plato de tu pasta favorita tú sola.

Muchos dirán, joder que exagerada o, qué egoísta. Pues no. Un día te apetece compartir y otros días no, pero no lo puedes decir porque estas bajo el yugo de unas normas no escritas que no te dejan ser libre para decidir lo que quieres dar de ti y lo que no. 
Dejemos claro que la educación y lo modales juegan un papel importante que hay que tener en cuenta.

En las relaciones personales pasa lo mismo.
¿Por qué? ¿Por qué esa agonía de darlo todo? ¿Por qué abrirte en canal y no quedarte ni con tus propias migajas?

Soy partidaria máxima de poner todo lo que haya que poner en el asador para que amistades, amores y todo tipo de relaciones funcionen, pero señores, hay que reservar algo que sea solo nuestro para no perder nuestra esencia. Compartir cada pensamiento, cada palabra, cada intención...es un error.
Muchas veces os habréis sorprendido a vosotros mismos diciendo "yo me entiendo". Pues es así. Habrá algunas cosas que solo entiendas tú porque salen de tu cabeza, de tus conexiones, de tu lógica y de tu alma, que no es la de otro, por mucho que lo adores hasta la eternidad. No voto por la fusión de dos personas, no es sano, crea una sensación de desnudez que representa el vacío interior más grande. No puedes llenarte de otra persona al cien por cien ni abastecerte de otro latido; siempre te faltará algo. Te faltarás tú y eso te impedirá, paradójicamente, dar lo mejor de ti.

Ese rincón que te queda que es tuyo, donde guardas un recuerdo que solo entiendes tú, la letra de una canción que te traslada al verano de 1999, con tu familia, donde ya falta gente y esa aguja solo se clava en tu estómago; entender que, ese color diferente del mediodía desde el balcón de tu antigua habitación, solo lo ves tú, que lo que sentiste en el pecho cuando viste la última nota de la carrera, no lo sintió nadie más de la misma manera, que lo que lloraste cuando te fuiste no lo sabe nadie por mucho que lo cuentes. Tus razones para cantar bajito, la media sonrisa cuando algo te sale tal y como habías planeado y el enorme suspiro cuando llegas a tiempo a donde tenías que llegar. Que hay palabras que te dan coraje y no sabes por qué y no tienes por qué explicarlo todo, que, si hay días que no te entiendes ni tú y son necesarios, imagínate lo necesario que es que haya cosas tuyas que no entiendan lo demás. 

No te olvides nunca de ti. 
No hay nada más generoso que cuidarse y charlar a solas con tus fantasmas de vez en cuando para sanear y no intoxicar el vínculo que existe con otra persona. Ese vínculo estará creando sus propios fantasmas, a los que, por supuesto, habrá que enfrentarse juntos y donde no deberías tener candados con llaves que se tiran al mar. Las llaves que no tienen que perderse siempre se terminan encontrando cuando menos te lo esperas.

Que nadie te lo exija todo. Te estarían pidiendo el olvido. 
Porque ellos se olvidarán de ti tan pronto como te hayas quedado vacía. 
Necesitan que no se lo des todo, necesitan esa parte de ti que tienes bajo  llave en un velís precioso hecho de tu propia piel, que te hace halo;
 te enriquece y añade lo que necesitas para tu mejor versión, la que les quieres dar, y esa versión incluye escenas para olvidar y otras para recordar, como en todo. Pero ahí estás, con ellos.

El otro día compré cinco paquetes de Rufinos, abrí cuatro con mis amigos y los disfrutamos todos. Al día siguiente, me senté en mi terraza y me comí el quinto escuchando los carnavales de un año que no podré olvidar nunca.
Llamadme loca, pero no lo doy.




                                                                                 2017





lunes, 3 de abril de 2017



LA PRIMAVERA



Aviso para los que no quieren escuchar sobre flores y colores pasteles o pasteladas varias de perfumes dulces, que no, que no van a tener que sufrir mucho en estas líneas que aquí empiezan.

Las flores de este año no son las mismas que las del año pasado. Son nuevas. Nuevas sus hojas y sus tallos, nuevos sus pétalos y la forma que tienen al mecerlas el viento; con ellas brotan los atardeceres de pasadas las nueve de la noche y cambia la forma de proyectarse la luz que veo desde la terraza, tan limpia.

Hasta la arena de la playa es nueva, la lluvia la ha traído y la ha llevado y la ha dejado como tenía que estar para empezar el ciclo. Ya el otro día olían las calles a jazmines y a damas de noche, a todas las noches que empiezan con la rebeca puesta y el pelo suelto, con el atrevimiento de las medias transparentes y el esmalte de uñas más clarito. La ropa se siente nueva aunque la acabes de sacar del baúl, y solo quieres esconderte en un agujero negro cuando ves lo blanquísima que estás y lo mal que te parece que te queda todo; el gimnasio sin empezar y te pilla el toro y encima han sacado donuts de la pantera rosa. Qué desastre. Qué genial.

Como siempre digo, parece que ayer era Navidad y ya hay humo de incienso, el asfalto espera que le caiga la cera y nosotros nos quejaremos del ruido que hace al pisarla. Pero ya es tiempo de chiringuitos y eso es lo que cuenta, las barcas dormidas esperan ansiosas el fuego de los espetos y el bullicio que nace de una buena sangría. Los vestidos de flores, las bermudas blancas, las niñas con la media melena lista para los domingos de sol y columpios; los ruegos a las estrellas para que no llueva el Jueves Santo, los refranes de las abuelas y su sabiduría tan grande, unas torrijas bien hechas y no tener lo que tienes que tener para saber si pega ponerte botines o sandalias. Qué pesadilla. Nadie acierta.

La buena compañía parece que sabe mejor, tener ganas de planes a todas horas y no saber lo que inventar para estar en la calle. Porque aquí, por lo menos, es el momento de los paseos, de dejar la prisa para cuando haya que tenerla, detener una tarde cualquiera y disfrutar de ese rayito cálido que te va aclarando el pelo, preludio veraniego; pero no tengamos prisa. La primavera con sus locuras, con su cambio de hora, con su claridad y su nube gris, con su liviandad de ir sin abrigo y siendo la portada principal de todas las ferias, es maravillosa. Como las risas que empiezan otra vez en las terrazas, los cafés en la plaza y los patines por el paseo. Qué gloria. Qué suerte.

El equinoccio de marzo trastoca todo o, en otras palabras, la primavera la sangre altera, que viene a ser lo mismo pero menos pedante. - A mí lo que me altera es tener que trabajar en los días buenos y ver a la gente tomar cañas desde lejos, la  verdad.-  Los pueblos del sur se visten de lunares, de peinetas, de patios, de cruces y de sopa campera con pañuelo de cuadros; nos vestimos con esos soles estivales que dan luz a momentos y a sitios que luego serán recuerdos, disfrutamos de la sensación nueva de mojarnos los pies en la orilla...parecía que hacía siglos que no lo sentías. Ya salen los veleros de los pantalanes de los puertos, es tiempo de blancos y azules. Qué ganas. 

La primavera es madre, porque de ella nacen los nuevos brillos del año, el de la sal del mar, el del sol en la arena, el de los iris, el del pelo; los colores de los campos, las fresas de temporada, el dulzor de los helados y el aroma de la alegría. A veces llueve, pero no pasa nada, siguen vendiendo botes de nata al lado de esas fresas y sonríes porque no te has puesto las sandalias. Acertaste. Esta vez sí.

Me van a permitir ustedes, además, que remarque un gran acontecimiento que lleva consigo el cambio de temporada: los caracoles de Cádiz al poleo.

Sin prisa señores, ya llegará el verano, hagamos historias para contarnos entonces.