miércoles, 19 de noviembre de 2014

Yo limpié ese váter




Un día cualquiera fui con una amiga a comer algo a un restaurante cualquiera, comimos bien, pasamos un buen rato y, antes de irnos entré al baño.
Lo primero que se me vino a la cabeza cuando abrí la puerta fue: "yo limpié ese váter".
Es cierto, yo había limpiado esos baños unas cuantas veces, cuando trabajaba allí, hace tiempo, cuando me preguntaba qué hacía yo allí y si merecía la pena aquel esfuerzo.

Hay muchas cosas que aprendí durante esos momentos, la primera es que, tienes que estar preparada para todo, nada es denigrante mientras, por supuesto, te traten bien, nada es impensable y a nadie se le caen los anillos cuando se trata de trabajar y luchar por algo. A veces piensas que hay una especie de puente entre tus sueños y la realidad, que te lleva por un camino unidireccional y que tu camino está clarísimo. El camino es lo más invisible que te puedes echar a la cara en toda tu vida.

Sé que muchos estáis haciendo precisamente eso ahora mismo, en España y fuera de ella. Nada es para siempre si tienes claro que es un paso más hacia lo que te has propuesto, sé que llegáis todos lo días pensando que es una mierda, que para eso no os habéis tirado cuatro, cinco o seis años estudiando ni habéis aprendido inglés o alemán. Lloráis a veces al llegar a casa porque es injusto y encima el encargado te tiene manía o es un prepotente que se ríe de ti porque estás más preparado que él pero él es el que te tiene a sus órdenes (creedme que eso es real), porque los clientes se quejan de que no hables bien su lengua o simplemente porque no puedes más ni es la vida que te imaginabas tener. No pasa nada, eso se aguanta por algo, y quien lo aguanta se hace increíblemente grande, se hace increíblemente agradecido y empático; crece.

Mientras vives puteado conoces a muchos compañeros y también a buenos encargados que te hacen la vida más fácil, con ellos te quejas de la vida, les cuentas tus propósitos y construyes un lazo que se llama compañerismo, muy distinto al de la universidad, comer y salir adelante ahora está en juego para muchos. Ves a través de los ojos de mucha gente, incluso piensas que tienes una suerte inmensa porque algunos tienen menos opciones que tú y no se trata de un escalón que pisan para pasar al otro lado.
Te duelen los pies y te ves ridículo con el uniforme feo que te tienes que poner, pero el día que lo cuelgas para despedirte, ese día, cuelgas un pedazo de ti, dejas a la persona que eras y que empezó esa andadura y te sientes orgulloso. Tus compañeros, algunos se fueron antes que tú y otros se quedan, se alegran mucho por ti, prometes visitas y recuerdas algún que otro café entre risas durante las pausas de veinte minutos.

El día que terminas esa etapa no estás cansado, piensas que nunca más te van a doler los pies porque ahora aguantas las horas que te echen, estás convencido de que es el momento de mejorar, que para algo has trabajado tanto, que es tu momento y que nadie te va a impedir nada porque ahora eres mucho, pero mucho más fuerte. Nunca pensaste que el camino se dibujaría así, pero cuando te despides te das cuenta de que ha sido tu realidad y a lo mejor la realidad que necesitabas para aprender a caminar por donde sea, el mundo es grande.

Siempre guardarás unas palabras para recordarlo, vas a contar anécdotas y hasta vas a reírte hablando de las barbaridades que te pasaron, esas que te hacían llorar ¿te acuerdas?
Y un día, no mucho más tarde, saldrás a tomar algo, irás a ese sitio y les dirás a tus amigos, incluso con satisfacción, que tú limpiaste ese váter.