martes, 20 de febrero de 2018

CARNAVALES EN ABRIL.





"No te mueras con el disfraz de otro."

No lo hagas. No vale la pena.
Si aún queda algún rastro de autenticidad, no lo dejes ir, no lo tapes con caretas inútiles y sonrisas de mentira, no intentes comprar miradas en alguna tienda de pelucas ni pintes besos en cualquier boca.
Es verdad, la pintura de los chinos es muy mala, o no dura nada o dura tanto que ya no sabes cómo quitártela. Ni con agua caliente.

Resulta que disfrazarse en carnaval es de las mejores cosas que hay, jugar a no ser nosotros un par de noches, cantar y reír, es genial. El problema viene cuando ni es febrero ni es nada y sigues teniendo serpentina en los zapatos, cuando el carnaval no es más que tu propia vida, cuando el antifaz se te ha clavado tanto en las sienes, que dejas de ver tu verdadera cara en el espejo. Te acostumbras a él.

Acostumbrarse. Qué miedo.
Dice Vetusta Morla que "dejarse llevar suena demasiado bien"; y es que es tan fácil seguir el ritmo que se marca solo, las notas que vienen por defecto en el pentagrama, el compás básico que tiene de fondo cada canción. No complicarse la vida es una epidemia que hiela las venas. No responder a la pregunta opcional del examen porque con un cinco te conformas, aunque sepas que puedes sacar un ocho y encima te vas a sentir mejor.

Un día te cubriste la cara y te olvidaste de abrir los ojos.
Un día viste que lo que querías era bastante difícil y te quedaste a medio camino o preferiste volver atrás y sentarte en ese sofá tan cómodo, donde se está de puta madre los domingos por la noche. 
Pero, antes de que llegue el domingo por la noche de los años, antes de que el presente se convierta en pretérito pluscuamperfecto, recuerda que después del carnaval llega la primavera. Recuerda lo que querías este mismo día hace cinco años, dónde te veías y a cuántos sitios querías ir. 

 Recuerda que las trampas de verdad están ocultas en los atajos.
No te fíes de los campos de rosas, nada que merezca la pena está entre esos pétalos que no son más que la manta de sus espinas. A menudo, los caminos menos encantadores son los que llevan a los lugares más increíbles. Sobretodo te llevan a ti.
Piensa que si quieres estar frente a unos ojos de verdad, tienes que poder reconocer los tuyos, que seguramente puedas llegar más lejos y probablemente te dé miedo y pereza, pero el tiempo no perdona a nadie. Ni a ti, que te crees el eterno superviviente del "ya lo haré". 

A mi me pasa, sobretodo cuando veo los recuerdos del Facebook y pienso en alguno de esos momentos, que rememoro los cincos que saqué por no tener más ganas y también los dieces que me hicieron sentir cum laude y lo guay que fue. Los riesgos que tomé, las cosas que hice y los sitios a donde me fui, creyendo en mis sueños, decisiones e impulsos que me llevaron a los momentos más extraordinarios de mi vida y también las veces que perdí mis días, me quedé inmóvil y preferí estar cómoda un poco más, con un par de tapones en los oídos. Debajo de la peluca.

Cuando no eres tú no eres nadie.
A veces impone mucho encontrarse con uno mismo, realmente hay que tener un par para quitarse el antifaz. Y duele. Claro. Lleva mucho tiempo aferrado a tu piel, pero la piel sana y las heridas se curan. Las cicatrices son victorias en las batallas, y la lucha con más muertes es la interior. 
No se trata de ir solo a por lo difícil, se trata de lo que nos hace felices, pero felices de verdad, de saber que eres feliz esos segundos antes de quedarte dormido, con la luz apagada, cuando nadie te ve. De estar yendo a por ello o de tenerlo, pero no cualquier cosa, sino ESO.

Porque tenemos que ser miedo con ganas de todo.



LQED
2018